sábado, 15 de agosto de 2026

Los abuelos y los sobrinietos — Comunidad Afectiva Alippi García

Entre los Alippi’s, hace ya varios años empezó a nacer una nueva generación: la de los nietos de quienes somos hoy la mayor generación viva. Mis padres no llegaron a ver bisnietos, y quizá por eso observo este fenómeno con una mezcla de ternura ajena y distancia de ermitaño. Soy el único que no tiene nietos propios, sino sobrinos nietos, o “sobrinietos”, como los llamamos en la jerga doméstica. Y eso me coloca en un lugar particular: el del tío abuelo que mira desde la orilla cómo los demás se transforman en abuelos chochos.

Porque sí: los abuelos de sangre están completamente desbordados de chochera.
Se les multiplica el trabajo cotidiano: los cuidan, los llevan y los traen, les cocinan lo que les gusta, les compran regalos cada dos días, y hasta se tiran al piso para jugar, para que los monten como caballitos o para hacerles de puente humano. Es un espectáculo hermoso y agotador, según quién lo mire.

Mis sobrinietos, además, ya han participado en varios castings. Magui, que trabaja como publicista en un negocio de ropa para niños, los mete en producciones donde estos pequeños actores tienen que filmar dos horas para sacar un minuto limpio. Entre berrinches, corridas y desastres, logran ese instante perfecto que después vemos en redes como si todo hubiera sido fácil.

Las abuelas, por su parte, están fascinadas.
Se esmeran como si hubieran nacido para eso: malcriar a lo loco, con una dedicación que no admite pausas. Cada nieto es un pequeño reino, y ellas son las reinas absolutas del mimo.

Yo, en cambio, tengo mi estilo.
Les cambio el tono de voz y les hablo con voz de pavo, les hago un saludito en el cuero cabelludo, y listo. Como soy el tío abuelo más ermitaño de la comunidad, ninguno tiene la suficiente confianza para darme un beso y mucho menos un abrazo. Hasta que, de repente, alguno me sorprende con un abrazo espontáneo y un “Tío Leandro”, y ahí se me afloja algo que no sabía que estaba tenso. O más gracioso todavía, cuando Pedro, que me daba poco y nada de corte, de repente cierto día me abraza mi panza globulosa de cincuentón y me pregunta si estaba embarazado y luego me daba besitos en la misma ajajajajajajjaja.

Mi cuñado también es un espectáculo: verlo decir “hola, Gregorito” con voz de abuelo pavo es una escena que merece quedar registrada en la memoria colectiva.

Confieso —malamente— que hace tanto que soy ermitaño que ya no sé cuántos sobrinietos tengo. Los tengo registrados hasta 14. Ojalá no me esté olvidando de ninguno, pero mierda, que los voy a mencionar para que no me calen de algun olvido, igual cuando me siente a escribir la lista completa, aunque tenga dudas y me ría solo mientras lo hago acudiré a mis ayudas memorias de rigor jajajajaja.

Epílogo del tío abuelo

A veces pienso que mi relación con los sobrinietos tiene una raíz más profunda que la simple distancia familiar. Lo más cerca que estuve de paternar fue con las tres hijastras que tuve en otra etapa de mi vida: Martina, que hoy vive en Italia; Rocío, que está por dar a luz a Olivia; e Isabella, la menor, que hoy tiene diecisiete años y con quien tuve el trato más fluido.
No fueron hijas de sangre, pero mi corazón las quiso como tales. Y aunque el tiempo y las circunstancias hayan separado los caminos —Rocío sin participarme de su embarazo, Analía y yo cortando en diciembre pasado—, siento que esa Olivia que está por nacer la 15° es, de algún modo, una nietastra del corazón. No por derecho, sino por resonancia afectiva.

Nota del 23 de Agosto: Olivia nació al fin, está muy bien ella y todas las de la familia y es muy hermosa. Me puse muy contento.

La Comunidad Afectiva Alippi García sigue creciendo.
Los nietos traen ruido, ternura, caos, fotos, videos, castings, y un nuevo modo de estar juntos.
Los abuelos traen chochera, energía renovada y ese amor que se vuelve oficio.
Y yo, desde mi rincón, los miro, los saludo con voz de pavo y celebro que esta familia siga multiplicándose en risas, berrinches y abrazos inesperados.



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