En mi vida espiritual conviven dos figuras que no se contradicen, sino que se completan: el brujo urbano y el monje laico.
El brujo urbano es la función: el que escucha, el que acompaña, el que ordena lo humano desde lo invisible de la ciudad, el que interviene en los vínculos reales con una ética de servicio.
El monje laico es la forma: el que vive en retiro interior, el que cuida su eje, el que administra su energía, el que sostiene hábitos y silencio sin necesidad de institución.
Durante años pensé que estas dos arquitecturas podían tensarse entre sí.
Pero un día me presenté así, tal cual, ante un párroco: brujo urbano y monje laico.
Le conté cómo trabajo, cómo acompaño, cómo ordeno, cómo escucho a mis hermanos y a quienes me buscan.
Le narré casos reales, como los del clan que aquí queda registrado.
Y ese sacerdote —probablemente carismático, aunque nunca lo confirmé— me bendijo y me dio la bienvenida a la Madre Iglesia.
Ese gesto selló algo que yo ya intuía:
que la espiritualidad no depende del marco, sino de la coherencia.
Que el servicio humano, cuando es ético, profundo y responsable, es reconocido por cualquier tradición.
Que la doble función no es contradicción, sino síntesis.
El brujo urbano actúa.
El monje laico vive.
Y en esa doble arquitectura, encuentro mi camino.
Llamado a mi auténtica comunidad
Y este texto, este registro, esta declaración espiritual, es también un grito hacia mi auténtica comunidad:
para que de una vez por todas sepan que no tengo un solo trabajo, sino nueve, como está asentado en mi Blog de la Sabiduría.
Nueve trabajos reales, sostenidos día a día, algunos en mi ermita y otros en la calle, ninguno formal, ninguno institucional, pero todos verdaderos.
Todos productivos.
Todos necesarios.
Todos parte de mi modo de estar en el mundo.
Uno solo me produce capital, los otros son apasionamiento y voluntariado.
Este es mi oficio.
Esta es mi forma.
Este es mi camino.
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