Hay algo del inconsciente que siempre me sorprende: trabaja en silencio, sin pedir permiso, y cuando uno se da cuenta… ya tomó decisiones.
Quiero contarles una anécdota que lo muestra con claridad.
1. La conversación que quedó flotando
Hace un tiempo, Lucía me comentó que con Alejandra habían estado hablando de lo poco que yo gastaba en comida.
Para ellas, eso era evidencia de que no me estaba alimentando bien.
Yo respondí lo que ya había respondido otras veces:
cuando el médico de familia, el Dr. Daniel Riquelme, sospechó que podía tener anemia, no pidió los análisis de rutina sino un panel mucho más amplio.
El resultado fue claro: mi dieta me estaba nutriendo bien y equilibradamente.
Pero algo de esa conversación quedó flotando.
No en la superficie: en el inconsciente.
2. El primer movimiento: el presupuesto
Sin pensarlo demasiado, este mes aumenté la partida de comida en el presupuesto.
Fue automático, casi sin reflexión.
El primer lunes ya se notó: llevaba meses con un monto congelado desde marzo, y de repente apareció una cifra más robusta, más viva.
Ahí entendí que el comentario de mis hermanas había calado más hondo de lo que yo creía.
3. El segundo movimiento: el cuerpo también decide
Pero no era solo el inconsciente.
Mi dieta —la misma que me acompañaba desde los tiempos del Refugio— ya me estaba empezando a hartar.
Había pasado de ser orden a ser monotonía, y de monotonía a disgusto.
El lunes pasado compré bastante más.
Y lo más importante: lo disfruté.
Volví a hacer una tarta de acelga con cuatro huevos para dos comidas.
Volví al pescado en lata y no solo una sino dos para el mes.
Comí pencas abundantes con dos huevos duros.
Pasé de media docena de huevos semanales a una docena.
Ahora mismo estoy cocinando un coliflor.
Reemplacé alfajores y pepas con coquita por 200 g de queso fresco y 200 g de batata.
Sumé quesos de mayor calidad: roquefort, pategrás.
Y descubrí el salame tipo colonia, apenas 100 g, un trocito, lo justo.
Encontré que una fuente noble de vitamina C, es una limonada por día con un limon grande y 1 litro de agua edulcorada.
No fue un cambio racional.
Fue un cambio físico, emocional, inconsciente.
4. Lo que agradezco
A mis hermanas les digo esto:
Gracias por la parte que les toca.
Por calarme hondo.
Por luchar contra mis rigideces.
Por no claudicar cuando yo creo que ya tengo todo resuelto.
Por regalarme platos elaborados con amor y carne cuando me hallaba haciendo tantísimo ajuste con esta partida.
A veces el inconsciente escucha antes que uno.
Y a veces las hermanas hablan directo a ese lugar donde las cosas se transforman sin ruido.
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