Ayer fue el cumpleaños de Dante, mi ahijado de confirmación y amigo de toda la vida. Como cada año, la reunión tuvo ese clima simple y cálido que él sabe generar: choripanes bien hechos, colita de cuadril, bondiolita cortada fina para sandwichitos y un arsenal de salsas que prepararon sus cuñadas. La mesa larga, la charla fácil, la gente de siempre.
Entre los que aparecieron estuvo Fabio, un viejo amigo de aquellos tiempos en que nos juntábamos en la casa de Ely a escuchar música, tomar café y hablar de la vida hasta cualquier hora. Hace años que no lo veía. Él ha tenido sus luchas, especialmente con las sustancias, pero ayer lo encontré presente, lúcido, con ganas de conversar.
Cuando me volví de la fiesta, me pidió si podía acercarlo hasta su casa. En el camino lo invité a tomar un café y aceptó sin dudar. Terminamos recordando esas noches largas de juventud, cuando todavía no sabíamos que el tiempo iba a llevarnos por caminos tan distintos. Fue un rato bueno, sincero, sin máscaras.
Hubo algo más: el reconocimiento energético. Dos vampiros psíquicos que se reencuentran después de mucho tiempo y se reconocen. Nos abrazamos como me enseñó Riquelme, no como gesto social sino como lectura mutua. Fue un momento breve pero real.
Este es mi registro para Comunidad. Para que quede escrito.
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