jueves, 26 de marzo de 2026

El Abuelo Ventilador y mi Monasterio de Fuerza



Hay objetos que no solo sobreviven al tiempo: lo atraviesan con una dignidad que desarma. En mi casa vive uno de esos: el Abuelo Ventilador, un aparato de fundición con 95 años de servicio, que todavía funciona como una turbina rusa. En febrero, los maestros del taller de la Comunidad Alippi García lo miraban con respeto: “Esto es indestructible”, decían.

Y tenían razón.

Funciona tan bien que desistí por completo de invertir un capital enorme en aires acondicionados. No necesito nada más. El Abuelo Ventilador refresca, acompaña y, además, se convirtió en algo inesperado:
mi compañero de entrenamiento monástico.

Durante años pagué gimnasios, cuotas, turnos, y sostenía un ritual que me gustaba: salir del templo de fierro y cruzar al bar de enfrente para tomarme una Coca. Todo eso tenía su encanto, pero también tenía un costo.
El costo del dinero y el costo del ritual asociado.

Hoy decidí que no quiero sostener ninguno de los dos.

No porque no me guste entrenar.
No porque no me guste la Coca.
Sino porque me gusta muchísimo más la vida monástica.

Y en esa vida monástica descubrí algo simple:
no necesito un gimnasio para entrenar.
Necesito un objeto pesado, silencio y constancia.

El Abuelo Ventilador pesa alrededor de cuarenta kilos. Con él hago sentadillas, cargadas y movimientos de fuerza que me mantienen firme, estable y presente. No busco volumen ni récords. Busco orden corporal adulto. Y eso, curiosamente, lo encuentro más en mi casa que en cualquier templo de fierro.

Pero además apareció algo nuevo, algo que me está ordenando todavía más:
ir a los Parques de la Ciudad de Córdoba a tomar mates, descalzo sobre el pasto, en contacto con esa naturaleza urbana que es humilde pero suficiente.

Esa actividad —estar ahí, respirando, sintiendo la tierra— me da más equilibrio que cualquier máquina de gimnasio. Es otra forma de entrenamiento: no físico, sino existencial.

Nadia corre 4 km por día y hace funcional dos veces por semana porque es atleta.
Yo entreno con un ventilador de 95 años porque soy un monje guerrero.
Cada uno sigue su camino.
Y ambos caminos son válidos.

Lo importante es esto:
elegí un modo de vida que no me cueste dinero, que no me genere rituales anexos, y que me devuelva a mí mismo.

El Abuelo Ventilador, los mates en el parque y mis pies descalzos sobre el pasto son, hoy, mi monasterio.



No hay comentarios.:

Publicar un comentario

El Abuelo Ventilador y mi Monasterio de Fuerza

Hay objetos que no solo sobreviven al tiempo: lo atraviesan con una dignidad que desarma. En mi casa vive uno de esos: el Abuelo Ventilador ...